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Quizás este sea el espacio más íntimo, el más cercano a mis recuerdos y vivencias donde los tiempos de mi niñez se unieron con la de mis hijos y ahora, con la de mis nietas… Es que, pensándolo bien, si la vida gira, en algún momento regresamos al punto de partida para volver a recomenzar, esta vez con más experiencias acumuladas que nos conducen a decir confieso que he vivido.

Siempre me gustó cocinar y lo hice mirando a mi madre cuando lo hacía sobre esa mesa de madera que, descubierta, era la superficie perfecta para amasar. Tapada con hule, la base limpia sobre la que comíamos (siempre con mantel), leíamos y hacíamos los deberes…

De esos momentos recuerdo las manos de mi madre estirando muy delgadamente la masa para hacer strudel con nombre propio -de manzanas, de queso, de ciruelas-, los preparativos para los dulces de temporada y los infaltables kijalaj (galletitas dulces) que, cada semana, reponía en la lata, siempre a mano para acompañar el té, servir a los amigos que llegaban de sorpresa o convidar a los vecinos que hacía tiempo no intercambiaban saludos (nunca más de una semana). En ese mundo generoso de recetas, sabores y economías bien practicadas, crecí amasando mis primeras experiencias con los infaltables alfajorcitos de maicena rellenos con dulce de leche, rodeados de coco rallado.

En homenaje a ellos, busquen la receta de estas dulzuras argentinas llamadas alfajorcitos de maizena que el polvo para hornear Royal firmó como Laura Real, un personaje encantador y creíble aunque nunca existió en “carne y hueso”. Después de todo, nada mejor que decir “es una receta de…” para apoyarnos en aplausos o silbidos circunstanciales. El resto está en el plato, listo para comer.


La inolvidable doña Petrona
Mis años junto a ella me dejaron el imborrable recuerdo de una cocinera que, con su oficio, contribuyó a definir la cocina argentina. Durante 8 años, cada quince días, nos encontrábamos en sus oficinas para darle forma a las páginas culinarias de la revista Para Ti. Era generosa y exigente en el cuidado de las recetas. Quien había ganado su confianza, también había logrado conquistar su eterna amistad, algo que siempre agradecí y valoré. Todo lo probaba y si había que usar 1 litro de crema de leche, pues usaba un litro y lo decía. Por ello, a impulsos del doctor Alberto Cormillot, escribió un libro de cocina con bajas calorías, buscando satisfacer los requerimientos de lectoras pendientes de la balanza. María Adela Balde, Blanca Cotta y yo, compartimos el último té entre, en su casa de Martínez, unos meses antes de su partida. A cada una regaló algo. Yo me llevé uno de sus coquetos delantales. Recordarla no es sumergirse en la nostalgia. Es darle permanencia a una mujer que tanto hizo por la mesa argentina, que tanto defendió la mesa familiar.


Mis nietas
Como a cualquier abuela, mis nietas me despiertan emociones que impactan en el corazón… Cuando me dicen “Abi, contame un cuento”, interpreto para ellas, a mi modo y con la música que me surge, algo así como una poesía cantada cuyas imágenes, a veces, nacen de lo que veo en la cocina…

Las bananas tienen pecas/las manzanas corazón
Y las uvas son mas chicas/que el zapallo y el melón
Naranjitas de verano /que nacieron del azahar
Con coronita de novia/yo me quiero así casar…

¡A bailar!
Tengo dos zapatos/ que no tienen pies
Cuando yo les canto/ bailan al revés
Tienen tacos altos /para zapatear
Con tres palmaditas/ salen a bailar
Bailan el malambo/también el minué
Música moderna/ y el chamamé
El reloj
Vestidito de oro
Tiene mi reloj
Con sus dos manitas
Marca tiqui toc

De lunes a viernes
Es despertador
Sábado y domingo
Es un dormilón
Tic-Toc Tic-Toc


Aquellos inviernos…
Es muy difícil transmitir a hijos y nietos aquellos tiempos en que el frío de los inviernos calaba hasta los huesos, explicar cómo eran los días escolares con cuellitos de lana tejidos a mano para abrigarse bien, delantales blancos iguales para todo el mundo y ese ir a la escuela donde la maestra era, de verdad, (casi) como una segunda mamá. Había respeto, valores y ese deseo de saber, saber y saber, porque las ilusiones se mezclaban con las esperanzas, el mejor camino para crecer y forjarse un futuro mejor. Todo merecería regresar adaptado a los tiempos modernos, sin delantales blancos ni cuellitos de lana, pero con sólidos principios que forjen el carácter y la templanza de quienes continuarán nuestros pasos, partiendo de algo básico y esencial: que a nadie le falte un plato de comida, la forma más elemental de practicar el amor al prójimo.

Las callecitas de Buenos Aires…
las barriales, donde el cemento se extiende hacia el cielo sin adueñarse de toda la cuadra, aún conservan casas bajas, negocios atendidos por sus dueños, calles empedradas y placitas que disfrutan los vecinos. Recorrí el mío, mezcla de Colegiales- Chacarita hasta que hace un tiempo definitivamente quedó como Villa Ortúzar, un nombre que costó imponerse, ¡quién sabe porqué!. Caminé por aquel vecindario lleno de aromas a comidas de inmigrantes recordando momentos de mi niñez. Observé que todavía permanece ese urbanismo sin diseño, hecho con lo mejor que sabían hacer los constructores del momento, también inmigrantes, porque esos ladrillos concretaban, en la mayoría de los casos, el sueño de la casita propia. La mayor aspiración de las familias trabajadoras al que sumaban el deseo de otorgar una buena educación a sus hijos. Era un consumismo que pasaba por el espíritu y se reflejaba en las manos callosas…en busca de un mañana mejor.


Recuerdos de mi barrio
Era un conglomerado de casas bajas, entre Colegiales y Villa Urquiza que terminó llamándose Villa Ortúzar. Callecitas impregnadas de aroma a glicinas, retamas y un limonero o naranjero de jardín que asomaba con sus ramas llenas, con frutos listos para su destino. Mi madre juntaba esos cítricos, agregaba una mandarina, los cortaba en trozos, licuaba e incorporaba 1 taza de azúcar por cada taza de fruta licuada. Después de una cocción lenta y extensa, emergía el milagro de servir el dulce más rico y económico de la temporada.


 
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